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CAPÍTULO 3: ANIMALES TOTÉMICOS O MÍTICOS DE LOS PAMPAS.

Los pueblos indígenas han tenido una conexión con los animales desde sus orígenes. Cada animal lleva historia y significado, y ha sido parte de las leyendas de la creación, de los cuentos familiares y de las historias personales. El primero que vamos a nombrar es el Sayuam, también llamado Iguana de Cobre o Lagarto del Casuhatí. Este mide unos 25 cm y se encuentra a partir de los 700 m s.n.m. y se vuelve activa entre septiembre y marzo. Su hábitat es la cumbre de los cerros del Sistema de Ventania o Sierras de la Ventana en provincia de Buenos Aires. Es considerado una especie en peligro crítico de desaparición, por eso ha sido declarada Monumento Natural de su provincia.

El Sayuam tiene su leyenda, que nos cuenta que luego del gran diluvio, cuando Soychú, el espíritu de la Tierra, lloró por más de un mes, culpa de la maldad de gualichú, quien destruyó toda su creación, azotando a la humanidad; cinco hombres junto a sus tribus sobrevivieron y lograron llegar al Casuhatí, quienes fueron guiados por un pequeño lagarto, al que consideraron sagrado y llamaron Sayuam. Solo por él se animaron a subir a las cumbres más altas y a refugiarse en sus cuevas. Es por eso que el cordón serrano del sur bonaerense, es tan importante para el pueblo Querandí, ya que, durante el gran diluvio, fue el refugio de lo que quedó de la humanidad, siendo esta montaña sagrada, el único lugar en el mundo donde existe el guía espiritual Sayuam, tan importante en la cosmovisión de los pueblos antiguos de las pampas. Donde hay un Sayuam, las aguas malas nunca llegarán.

Otro de los animales místicos del pueblo Pampa era el Berá o Ñandú, Choique para los Ranqueles. Es un ave corredora, que habitó en el sureste de Sudamérica. Posee patas y cuello muy largo, de 1,80 m de altura y 1,30 m de longitud del pico a la cola. Cuenta con tres dedos en cada una de sus patas.

Más allá del recurso económico que significó este animal para las sociedades originarias pampeanas, no pasa desapercibida la particularidad del cortejo del ñandú macho en su vínculo con las hembras, lo que relacionamos con la “Danza del Berá” (Choique purrum para los Ranqueles) que es realizada principalmente por hombres, marcando el compás con los pies y con movimientos de cabeza hacia atrás y adelante, imitando los movimientos del ñandú. Además la cruz del sur, significa también para ellos, la pisada del ñandú blanco (el Berá Huoc) que guiaba a los cazadores en la noche.

De cuando los abuelos le contaban a los niños, hay una leyenda del por qué el berá, choique o surí macho es el que empolla los huevos: “En los tiempos cuando solo los animales habitaban la Tierra, cada animal tenía un papel y rol. El Chajá aspirante a centinela, el Hornero el constructor, el Ñaúl (jaguar) era el delegado, el Yacaré con boca grande el que daba la noticia, la Mara (liebre patagónica) corría la voz, y el Berá era el cartero. En una ocasión la Mamá Berá enfermó y tuvo una fiebre violenta, luego pidió a su marido que fuera a lo del Venado Nohan para conseguir un remedio milagroso que lo curaba todo, ya que también estaba incubando los huevos.Llegando al boliche se armó la fiesta, estaba el Cra Cra (carancho) en el acordeón, el Urubú (Jote) en la pandereta, el Pioc (zorro) tocó el tambor, el canto la Chunga (siriema) y el Quenguí (puma) estaba suelto hasta que la Tortuga lo llamó. Los Cardenales hacían coros, los Chingolos saltaban elegantes y el Berá bailó salvaje en medio de la sala de estar. Pasaba el tiempo y vino la noche, y entonces recordó su misión, conseguir el remedio para salvar a su amada esposa. Corrió a su casa rápidamente, su conciencia acusó su irresponsabilidad, llegó apresurado hacia el nido y para su tristeza, su esposa Berá, ya había fallecido. Loco de remordimiento, en una tristeza interminable, tomó la misión de salvar a su familia, así que decidió empollar los huevos hasta que nacieran sus charitos. Desde entonces y para redimirse, después de que nacieran los hijos, enseñó a los charavones machos, que es deber del macho incubar los huevos que pone la madre”

Otro animal de suma importancia en las ancestrales creencias del pueblo Meguay Caguané es el Quenguihum o Puma Negro.

El Quengui identificaba a una tribu o clan del pueblo Querandí, a cuyo frente estaba el Cacique Quenguipén también llamado Tubichaminí, Tuicha Milín o Ta Milín, nacido y enterrado en los pagos de Melincué.

Hay un mito en la región pampeana, sobre la metamorfosis del hombre-puma negro. Se creía y en algunos lugares aún se cree que muchos pumas y tigres son hombres transformados, y para ellos, tiene algo de “non sancto” el que los caza. La superstición cambia el felino según sea, del centro del país a la cordillera, se habla del Quengui (puma) y para el lado rioplatense, del Ñaúl (tigre o jaguar), aunque en la antigüedad convivían los dos por igual.

Los Taluhets (Querandíes del monte) más cercanos al Carcarañá, cuando veían algún tigre o puma cerca de un Pihüé (enterratorio) creían que no era más que el alma del Soychuhet (finado). Los Dihuihets (Querandíes del sol o del oeste), del Río Atuel y Ranqueles más norteños creen también en esta metamorfosis, y al encontrarse con uno de estos felinos, piensan que es el alma de un buen amigo o antiguo morador del pago, a quien respetan o tienen cierto terror supersticioso. Entre los Charrúas entrerrianos también se habla del Ñaúl Hum. La historia cuenta que sobre la costa del Río Gualeguay, vivía un hombre muy bueno. Cierta noche, unos malhechores lo asesinaron para robarle. Poco tiempo después, de los pajonales del río, salió un tigre negro que con el tiempo fue matando a todos los que asesinaron al finado.

Por último entre los Querandíes y otras etnias de Misiones, Corrientes y Paraguay, se creía en los Yaguaretés Abás, indios que de noche se vuelven tigres y persiguen a los compañeros de su tribu u otras personas

El Sotuyú o Zorro Negro, también llamado Samiok Hum, tiene dos leyendas o historias transmitidas por generaciones. La primera nos cuenta que el Samiok Hum fue un Suaj (Chamán), llamado Suaj Maikel, y este era muy malo. Este animal fue un símbolo de los Querandíes desde el principio de los tiempos.

La segunda historia dice que el Sotuyú era un zorro, dos veces más grande que los que habitan la Pampa actualmente (se encontraron sus restos fósiles en las lagunas de San Eduardo). Hoy extinguido, cumplió un rol importante en el mundo mitológico de los antiguos pueblos Hets de toda la llanura pampeana. En el sitio de Sierras Bayas de Olavarría, se encontraron sus colmillos ceremonialmente colocados, junto a huesos de patas y cráneos de guanaco, cerámica, collares y puntas de flecha, con una antigüedad de 1000 y 3400 años atrás, notablemente en comunidades nómades. Cuenta la leyenda que el Sotuyú o Zorro Negro, fue creado por los Gualit Hum (hombres oscuros), quienes encontraron a un viejo zorro ciego y por maldad lo cubrieron con barro negro de un pantano, para ahogarlo, pero este recobró la visión, y rogó por su vida a cambio de servirles en el mal para siempre, los gualit hum lo perdonaron y vivió con ellos haciendo maldades

Siguiendo con los animales mitológicos de los pueblos originarios pampeanos, hablamos del Surú, un pez como el Surubí Atigrado. Este también tiene su leyenda: “Cuando los primeros hombres llegaron a lo que era su tierra, descansaron al lado de un río, ya era de noche y tenían hambre, habían caminado mucho tiempo. Soychú les hizo saber que debían esperar a que fuera de día y encontrarían alimento, ya que en la oscuridad no podría defenderlos de Gualithum (los señores de la noche) que habitaban en los desiertos, montes e islas, y se alimentaban del cuerpo y el espíritu de los hombres, que al principio no tenían armas, así que no podían cazar ni defenderse. Su arma era solo el fuego. Entonces los Gualit Hum enviaron al zorro negro, para que los convenciera que se metieran en el río para sacar peces y saciar su hambre, entonces algunos hombres desoyeron a Soychú y se metieron sin saber que el gran Surú buscaba alimento por las noches, en esos días, y los compartía con los Gualit hum. Una vez en el agua, los hombres empezaron a gritar porque surú los mordió y chuseó con sus aletas, una y otra vez hasta que el agua se tiñó de sangre. Los demás huyeron olvidando al hijo más pequeño del Cacique. Al salir el sol, vuelven por el niño extraviado pero jamás lo encontraron

El Noham Hum o Ciervo Negro también es un mítico animal de los pueblos pampeanos. La leyenda cuenta que cuando el Suaj (Chamán) iba a su lugar especial en el bosque o a lo alto de un cerro a purificarse, limpiar sus malos espíritus y las energías negativas acarreadas de los trabajos realizados en su aldea, tenía que encender un fuego y pasar la noche bajo las estrellas. Pero durante su trayecto en el bosque podía encontrarse con un enorme ciervo negro con ojos de fuego, siendo un evento místico para él, pues el animal era un emisario de Soychú, que traía buenos o malos presagios, todo dependía de los que el Suaj interpretaba en su corazón esa noche sin luna junto al fuego.
Al amanecer, limpio y fortalecido volvía a su aldea a llevar las nuevas noticias.

Cada pueblo tiene su historia, somos entonces el pasado vivido, y en la oralidad de nuestros ancianos, le damos respuestas a las preguntas. Determinados animales de nuestras pampas tienen para nosotros un profundo significado, como el Fila o Lagarto Overo, o el Guté o Pavita de monte, también está el Cheche o Tucu Tucu por el ruido que emite, este es quien le dá el nombre a una de las parcialidades de los Querandíes, los Chechehets o gente de los médanos, donde construían cuevas que cubrían con cueros. En esos lugares el Tucu-Tucu era admirado cuando se asomaba ante los primeros rayos del sol, razón por la cual, en época de celebraciones, los nativos consideraban malo cazarlo

También el Caburé era muy usado en la adivinación por los Suaj. Se le atribuían poderes de aviso, información y videncia, también decíase de suerte para las uniones de pareja o decidía sobre su futuro.

El Pijué también llamado benteveo, bemteví, quetupí, cristofué o bicho feo en las leyendas del pueblo Querandí es un ser de paz entre la gente, protector de los hogares y vidas desde el principio y avisa visita buena.

Por último al Urutaú o Kakuy se lo tiene como pájaro de mal agüero, que vaticina la muerte de alguien cercano, por eso se lo espanta. Algunos dicen que no hay que mirarlo a los ojos. Para los Querandíes era el ave que con su canto lamentoso llamaba a los gualit hum que se alimentaban del cuerpo y el espíritu de los hombres.

Se le asignaba las mismas maléficas mañas que el sotuyú (zorro negro) y el Surú Thoiá (un surubí mítico)

SUSANA OZCOIDI

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